sábado, 9 de julio de 2016

EL ARTE NARRATIVO DE ALARCÓN (1)

EL ARTE NARRATIVO DE ALARCÓN (1)


Hace no demasiado tiempo, recibí algunos comentarios en los que se achacaba al blog un preferente y excesivo trato de favor hacia los escritores ingleses y la literatura inglesa, en general. En resumen, que se nos tachaba de 'anglófilos', a veces de forma cariñosa, a veces de modo más crítico. No seré yo quien niegue esa afición por los autores y obras que conforman las letras inglesas de todas las épocas, y ello es obvio porque el blog entero está dedicado a tres ingleses, o a dos autores de la cultura inglesa y a un anglofrancés.

Ese gusto por ciertos autores y obras ingleses es innegable, pero no me parece incompatible con mi profundo amor por la literatura de mi lengua materna, patria, principio y fin de cuanto conozco, mundo infinito de palabras e historias, de aquí, en España, hasta el último confín de nuestra amada América latina (aprovecho esta mención para agradecer con todo mi afecto las muchas visitas que este blog recibe desde allí, en particular de Argentina, México, Colombia, Perú, Chile, Venezuela, Ecuador, República Dominicana, Costa Rica, El Salvador, Guatemala, Panamá, Bolivia, Uruguay, etc, etc; no se me enfade alguien de un país no citado: amamos a América toda, con toda su maravilla, y amamos la fecunda cultura americana que aquí en Europa deberíamos conocer mucho más).

Debido a esa razonable crítica a 'nuestra anglofilia' cultural, en desagravio a tantos escritos sobre literatura anglosajónica (?) aquí publicados, voy a iniciar una serie sobre autores y obras españoles e hispanoamericanos, aprovechando, además, aquellas fichas que encontré en su día, y que guardan muchos tesoros de las letras y la cultura que a tantos millones de personas nos unen. Se podría dar inicio a esta serie con el propio Cervantes, pero la primera ficha que me ha salido al vuelo ha sido la de Pedro Antonio de Alarcón (1833-1891). Vayamos, pues, con don Pedro Antonio, en un viaje de dos paradas que nos llevará por los caminos del más elegante y divertido romanticismo costumbrista de la España del siglo XIX.

Nos saltaremos la azarosa y política vida de don Pedro Antonio, por estar al alcance de cualquiera, en múltiples páginas de la Red. Baste decir que nació en Granada, que fue uno de los escritores y periodistas más famosos de su época, que llegó a coquetear con la política (eran muy revolucionarios y activos estos genios del XIX) y que falleció en Madrid, después de legarnos un buen puñado de novelas, cuentos, libros de viajes, ensayos y artículos periodísticos. Su producción literaria es enorme, por lo que aquí nos ocuparemos sólo de cuatro de sus obras más célebres y con justicia celebradas: El Clavo (1857), El sombrero de tres picos (1874), El escándalo (1875) y El capitán Veneno (1881). Estas cuatro narraciones demuestran la sinigual destreza de Alarcón en la pintura de personajes y ambientes, así como su humorismo y su dominio del arte narrativo. Comencemos por El Clavo.

El Clavo puede considerarse como el primer relato o novela breve de corte policial de la literatura española, por lo que merece doblemente nuestro homenaje. Parece que Alarcón había leído los cuentos policiacos de Poe (fallecido en 1849). Esta obrita presenta el que, en mi opinión, es el más ingenioso prólogo de cuantos se hayan podido escribir nunca. Tanto es así, que uno se lo sabe de memoria (perdón por el alarde y la inmodestia). Dice el prólogo de El Clavo: "Felipe encendió un cigarro y habló de esta manera: (FIN DEL PRÓLOGO)". Ya está, así de escueto y directo es el prólogo.

El resto del libro es la historia narrada por este tal Felipe. Estos rasgos de humor y de maestría narrativa abundan en la obra de Alarcón. Felipe, en compañía de su amigo el juez Joaquín Zarco, realizan un hallazgo macabro que da pie a toda la investigación posterior:



"Andábamos Joaquín y yo dando sacrílegamente con el pie a tantos restos inanimados, ora pensando en el día que otros pies hollarían nuestros despojos, ora atribuyendo a cada hueso una historia; procurando hallar el secreto de la vida en aquellos cráneos donde acaso moró el genio o bramó la pasión, y ya vacíos como celda de difunto fraile, o adivinando otras veces (por la configuración, por la dureza y por la dentadura) si tal calavera perteneció a una mujer, a un niño o a un anciano; cuando las miradas del juez quedaron fijas en uno de aquellos globos de marfil...

-¿Qué es esto? -exclamó retrocediendo un poco-. ¿Qué es esto, amigo mío? ¿No es un clavo?

Y así hablando daba vueltas con el bastón a un cráneo, bastante fresco todavía, que conservaba algunos espesos mechones de pelo negro.

Miré y quede tan asombrado como mi amigo... ¡Aquella calavera estaba atravesada por un clavo de hierro!"


Este descubrimiento horripilante, digno de un cuento de Poe, será el punto de arranque de la trama narrativa, de corte policial y en ocasiones cercana a lo gótico, por insinuaciones del narrador y por el ambiente fantasmal creado por Alarcón. No faltan las diligencias, ni tampoco faltan los amoríos con damiselas de ojos negros, como salidas de una de las bellas y misteriosas leyendas de Bécquer. Tal vez ya hayáis leído esta novelita, pero si no es así, no debo desvelar más de su argumento, a riesgo de que perdáis el interés por ella. Baste decir que es muy recomendable, entretenida y ciertamente ofrece una buena demostración del arte narrativo de este autor, que sabe mantener la intriga y es un maestro del retrato, de los diálogos vivos y de la ambientación misteriosa. Si alguno de vosotros desea leerlo, pinchad en el siguiente enlace, de la Biblioteca Virtual Cervantes.


Con El sombrero de tres picos (1874), Alarcón alcanza una de sus cimas como autor del romanticismo y realismo costumbristas. Esta es una narración muy distinta a la de El Clavo, en la que nada hay de macabro, ni gótico, ni extraño: todo lo más, burlesco, satírico y muy divertido. Se trata de una historia tradicional y tan vieja como el mundo. La historia de un supuesto caso de infidelidad conyugal, que tiene como protagonistas a la pícara molinera, la hermosa y joven Señá Frasquita, y al contrahecho y malvado Corregidor, ante el estupor y la sorpresa del marido de Frasquita, el tío Lucas. Igual que el relato de El Clavo, esta entretenida y tierna historia de celos y enredos amorosos ha dado lugar a adaptaciones cinematográficas e incluso musicales, como la obra de Manuel de Falla.






Esta novela de Pedro Antonio de Alarcón se caracteriza por la brillantez en las descripciones humorísticas de los personajes; por la simultaneidad de acciones; los diálogos vivos y rápidos como en el teatro; por el subjetivismo y las intervenciones del autor en forma de narrador agudo y admirativo ("¡Lástima que no se oyera lo que hablaban!... Pero el lector se lo figurará sin gran esfuerzo; y, si no el lector, la lectora"); por un humor que se refleja hasta en los títulos de los capítulos (como el "XXVIII. ¡Ave María Purísima! ¡Las doce y media y sereno!" ) o por el sabio y medido manejo de los tiempos narrativos, adelantándose a los personajes o retrocediendo en el tiempo hasta un pasado anterior a la acción narrada.

Hasta que retomemos las fichas con la segunda parte sobre el arte narrativo de Alarcón, como colofón a esta primera entrega, os dejo con la que, a mi modo de ver, es la mejor descripción, el más acabado y fino retrato de todo el libro y uno de los más logrados de la Literatura española. Alarcón nos pinta a la Señá Frasquita, la pícara y guapa molinera, con trazos llenos de cariño, ternura, humor e ironía:

"La chiquilla de cuatro años, esto es, la Señá Frasquita, frisaría en los treinta... Tenía más de dos varas de estatura, y era recia a proporción, o quizá más gruesa todavía de lo correspondiente a su arrogante talla. Parecía una Níobe colosal, y eso que no había tenido hijos: parecía un Hércules... hembra; parecía una matrona romana de las que aún hay ejemplos en el Trastevere. Pero lo más notable de ella era la movilidad, la ligereza, la animación, la gracia de su respetable mole. Para ser una estatua, como pretendía el académico, le faltaba el reposo monumental. Se cimbraba como un junco, giraba como una veleta, bailaba como una peonza. Su rostro era más movible todavía, y, por lo tanto, menos escultural. Avivábanlo donosamente hasta cinco hoyuelos: dos en una mejilla; otro en otra; otro, muy chico, cerca de la comisura izquierda de sus rientes labios, y el último, muy grande, en medio de su redonda barba. Añadid a esto los picarescos mohínes, los graciosos guiños y las varias posturas de cabeza que amenizaban su conversación, y formaréis idea de aquella cara llena de sal y de hermosura y radiante siempre de salud y alegría".

También podéis leer esta novela pinchando en el siguiente enlace, de nuevo perteneciente a la Biblioteca Virtual Cervantes.

Un afectuoso saludo, amigos; pasad un buen fin de semana y hasta pronto.